He aquí mi sufrimiento sin razón alguna,
mis palabras calladas,
mis sentimientos escondidos,
esos silencios eternos que nunca acaban,
esos gritos no gritados.
Y todo el dolor de un alma torturada.
Ya no soy yo.
Advierto un rostro en el espejo
y no es el mío.
El silencio se acerca como viento podrido,
al mínimo remanso de mi herida abierta
mi voz es otra entre las voces de la incertidumbre,
cansada, siempre cansada de gritar sin consuelo.
Soy la sombra que el tiempo esgrime detrás de mí,
un oasis de tinieblas sobre un mar de lágrimas.
Un cielo nubleado, un hombre triste, un charco de sangre coagulada.
Niño olvidado, canción desgarrada,
eco de notas estrelladas en la piel del pasado.
Pensamientos de cal pútrida convertida en estatua.
Palabras sacrificadas, abortadas antes de ser escritas,
por el viento, por entrañas arrancadas.
Mis marchitas alas duelen.
Son como hojas secas de frío otoño.
Luciérnagas ciegas, apagadas, agonizantes,
luciendo su vestido de seda negra.
Soy ese ángel nocturno que robó tu vida,
aquel que no te dejaba soñar verdades,
pero tampoco despertar.
Inmóvil, yaces ahora en la gélida tumba de tu indiferencia,
vigilada por los engendros de la noche que te traje.
Y la piel de tu cadáver tiembla en mis manos,
y tus labios blancos en mi llanto se bañan.
y la luz de tus ojos apagados ya no me ciega.
No me queda nada,
ni siquiera el miedo a quererte.
Tan solo un suspiro helado
que galopa en el recuerdo de tu cara envuelta en palidez.
Ahora tu aliento es ceniza,
de tu pálida figura huye la nieve.
No es su blancura comparable a la tuya.
Níveo cisne de mis obscuras ilusiones.




